Yoya Mismo

Seguro esto le sucede a muchas personas que les gusta escribir y que se generan espacios virtuales en plataformas y redes sociales para publicarse. Arrancan con todo pero al tiempo se dan cuenta que no pueden acompañar el ritmo movidito de la novedad y ahí queda todo quieto e inmutable, como se queda la casa de la playa cuando te ve partir al final de la temporada. Los postigones cerrados, la heladera vacía y desenchufada, el galpón de las bicicletas sin bicicletas pero con tres candados, la válvula del gas apuntando para abajo, el tiempo suspendido, el aire inmóvil esperando a que vuelvas. Y yo vuelvo, al blog o a ver los posteos en mi muro y me aburro o me da pena, no me distingo. Ahí está todo tal cual lo dejé la otra vez, solo que ya no recuerdo cuándo fue. ¿Dónde estuve todo este tiempo?

No puedo echarle la culpa al trabajo (remunerado) porque no tengo. A la maternidad ya la golpeé bastante en otras columnas que no he publicado aún. Alguna dolencia física. Pero si vivo enferma, con este cuerpo de mierda que tengo, que entra y sale de diferentes diagnósticos con frecuencia semanal. Ya estoy acostumbrada a estar jodida de algo. Me paseo por la casa haciendo cosas útiles pero ninguna para la escritura. Cómo es posible que la grasa acumulada detrás de la cocina me tiente más que sentarme a escribir en mi cuarto con la ventana abierta, una vista postal, música de Spotify con interrupciones porque no tengo plata para el premium (nota al pie que corté y pegué acá arriba porque esto no es la academia: estoy escuchando la lista de reproducción Impulso Creativo, bases suaves para inspirarte mientras trabajas, una cagada), ¡pero música al fin! Sigo nadando en el misterioso mundo de este cerebro sin respuestas. ¿Alguien puede decirme de dónde saco tanta energía para evadirme? No, nadie puede, porque esto es un texto y estoy sola mientras lo escribo. Tal vez obtenga algunos comentarios después de publicar esto en las redes. Eso tampoco va a suceder, porque no aprendiste todavía que la gente está podrida de leer yoísmos. Quieren saber de otras cosas a través de tus ojos pero no de vos. No tengo más preguntas. Sigamos.

Cuestión que mi producción textual es muy irregular. Tengo un montón de archivos guardados con unos inicios apimentados pero que mueren en los primeros párrafos cuando no renglones. Y son todos de ficción. O no, pero alcanza con cambiar la primera persona por la tercera y cierra todo. Más o menos, ¿no? Como no conseguía renovar mi stock de publicaciones en el blog – que es donde más me preocupa estar – implementé una maniobra para boicotearme la procrastinación. Subí una historia de Instagram que declaraba que la próxima columna de Paratextos se llamaría Yoya Mismo y que en breve estaría publicada en el blog. Cómo llegué al título es lo de menos y de qué iba la entrada, ni idea. Pero me ordené tarea en vivo, algo muy interesante de hacer porque es como ponerte un deadline. Transformar al poco público que me sigue en director creativo o jefe de edición, que espera para las próximas horas el texto completo, resuelto, pulido y publicable. Al menos eso compró mi cerebro. Importa agregar que el boicot lo hice mientras perdía tiempo en Instagram probando filtros para selfies. Me da vergüenza confesarlo. Soy dueña de la grasa de la cocina y de las selfies de Instagram que casi nunca subo. Más vergüenza. Después que publiqué la historia me di cuenta que en ese momento ya no había lugar a postergados. Largué el celular como se debe y abrí el cuadernito de tapa dura prolijo que me compré, también para tentar la escritura. Escribí el título de la columna y paré en seco. Porque aquí viene un asunto de suma importancia. Qué rica esta baguette calentita ¿con qué la vas a rellenar? La metáfora de la comida me sirve porque, al menos en mi caso, si no es con la panza llena no puedo escribir. Dejo el cuadernito y me voy a la cocina. Me digo que cinco minutos más de procrastinación no le hacen mal a nadie. Me preparo un refuerzo con jamón y queso de untar. Me lo como parada mirando la nada, saboreando. Pensando en la columna dirán ustedes. Ingenuas, ingenuos.

Para escribir hay que bancarse a una misma, hay que escuchar la voz interior que nos habla. Eso es escribir, escuchar lo que tenemos para decirnos, juzgarnos, resumirnos, ajustarnos, pulirnos, editarnos. Borrarnos cuando todos los pasos anteriores no obtuvieron buenos resultados. Y volver a empezar. O tal vez, dejar el archivo saved con dos renglones o con apenas un título como Yoya Mismo. Calma, no fue el caso. Después del sandwich me tomé un vaso de agua y volví al sofá. Cuadernito en mano. Si el título es este, no podré escribir si no es de myself right now. El inglés tiene un perfume neutro que me puede. También hay que saber bancarse a una misma incluso en el peor de los días. Y que sea el peor no significa que hayan sucedido cosas indecentes, imperdonables, o incómodas, simplemente es el peor porque no ha sucedido nada. Nada que merezca grabarse en el papel. Difícil que una corra a cobijarse en la escritura si no tiene nada de qué cobijarse, si no mastica algo que pueda escupir después (nota de la escritora para la escritora: esta frase la voy a borrar porque es una cochinada, escupir. O no, mejor la dejo porque ya advertí que es una cochinada y develar los procesos de construcción literaria dignifica). Entonces, en ese letargo llano y lisito de unos días en los que no sucede nada, no hay motivos para escribir. ¿Y la ficción, querida?

No seamos ingenuas. La ficción nace de la realidad que habitamos y punto. Y que nadie piense en la ciencia ficción porque no tengo ganas de discutir acá teorías literarias, pero para resumir el asuntillo les digo que: toda construcción artística parte de una realidad con la que estamos desconformes y por ese motivo creamos un objeto – llámese obra – que viene a ocupar un lugar en el mundo y transformar el paisaje de nuestra vida, pero no a colmar por completo la angustia que esta nos produce, pues entonces, si la obra cumpliera con dicho propósito o pretensión a la perfección, esto es, dejarnos chochos, dejaría de haber arte. El arte moriría, y con el arte moriríamos todos.

Un segundo que necesito respirar y volver a leer esto último que escupí.

Producto de un arrebato pero no lo pienso borrar, apenas cambié una palabra por otra. Además de bancarse a una misma para escribir es necesario hacerse responsable de lo que se dice. Si alguien llega a tener una idea que refuta con violencia lo que acabo de declarar enfáticamente y me va a dejar como una idiota en las redes, le pido que se contacte primero conmigo y lleguemos a un acuerdo. No tengo dinero, pero con un antigrasa y una esponjita aluminio te dejo la cocina a lo Tiffany & Co.

Volviendo y para ir cerrando toda esta paraphernalia. No voy a rematar esta columna diciendo: uh no lo puedo creer, sin querer al final tenía relleno para la baguette, mirá qué natural me salió todo. Claro, la columna iba de hablar sobre escribir una columna. Que metaescritora que sos nena. Aplausos. Aplausos. No. Lo hice de profeso y porque aunque sea un lugar común esto de escribir sobre los procesos de escribir, me gusta, me fascina, creer que estoy descubriendo el universo literario por completo con una simple luz. Se puede ser tan naif, sí. Se puede ser tan común, sí. Es necesario y es suficiente para ser feliz. otra regla fundamental de escribir, aceptar que lo que escribo está bien, flaca, está bien. Si a alguien no le gusta, el mundo alcanza para todos.

Bueno entonces nada, que no cierro esta columna de esa manera porque la verdad es que hace más de un mes que estoy con este texto. Ha mutado de formas muy extrañas e incontables. Tengo varias versiones de este mismo texto porque ha sido de todo antes de ser lo que leen. Yoya Mismo fue el retrato escrito de una adolescente con apatía, el monólogo de una conductora de televisión defenestrada por la prensa, la historia de una hija de desaparecidos que aun no sabe que lo es pero que empieza a sospechar, o la sinopsis de una historia que incluía un pueblo nordestino, dos agentes de la guardia federal, un chico prostituido y la venta ilegal de maconha. El personaje femenino es la hija del guardia y es quien narra la historia. Seguro que eso les hubiera entretenido más ¿verdad? Bueno, acá voy otra vez, boicot . Nueva columna de Paratextos en breve: Maconha Nordestina, un relato u otra cosa que voy a escribir en algún momento y que les haré llegar por medio de mi blog.

http://www.paratextosuy.com

Algo así, Italo.

En este texto mantengo una conversación hiperreal con Italo Calvino, quien un tiempo atrás decidió, por cuenta y presencia exclusivamente mía, hacerme esta entrevista. Aunque resultó ser un atrevimiento de su parte, ya que, más que preguntas, se pasó todo el encuentro haciendo conjeturas, sacando conclusiones y redactando aseveraciones un tanto desconsideradas, pero muy bien escritas. No se espera otra cosa de él. Este texto puede verse también como el resultado de un breve lapsus de incoherencia, necesaria en esta vida insuficiente que siempre vamos a vivir, aunque la llenemos con todos los libros del mundo. Y tal vez todo sea un sueño, como puede serlo este preciso momento, mientras estás leyendo lo que estoy explicando y lo que vendrá a continuación. En todo caso, si es así y si fuera posible, por favor no despiertes hasta el final.

(*Los parlamentos de Italo los pueden encontrar editados por él mismo en su libro Si una noche de invierno un viajero. Envidia que siento de no haber sido un personaje de su novela, claramente Ludmilla).

***

Ciudad de la Costa, cualquier día de cualquier mes del año de la pandemia.

I: (…) cuál es el lugar que los libros tienen en tu vida, si son una defensa que tú interpones para mantener alejado al mundo de fuera, un sueño en el que te hundes como en una droga, o bien si son puentes que lanzas hacia el exterior, hacia el mundo que te interesa tanto que quieres multiplicar y dilatar sus dimensiones a través de los libros*.

P: Supongo que debería elegir una de esas opciones, porque decirte que es un poco de todo es como ser políticamente correcta y al final no decirte nada. Creí que las entrevistas comenzaban todas con preguntas sobre dónde nací, quiénes fueron mis padres y en qué momento descubrí que amaba la literatura (risa nerviosa que se apaga bruscamente frente a la sequedad del entrevistador). Dejame pensar… no quiero alejarme del mundo pero por momentos es tan agobiante y vacío de manera paralela y en cantidades similares. Leo porque lo que vivo no es suficiente. Sí, me quedo con la versión de la multiplicación, pero no de lo que ya conozco. Los libros tienen que sorprenderme siempre. De lo contrario no los leería.

I: Observando tu cocina se puede, pues, deducir una imagen de ti como mujer extravertida y lúcida, sensual y metódica, que pone el sentido práctico al servicio de la fantasía. ¿Alguien podría enamorarse de ti solo con ver tu cocina?

P: Espero que eso no me suceda nunca. Primero porque estoy casada y la verdad que no tengo ganas de pasar por una novelita casera llena de malentendidos románticos. Pero eso de sensual y metódica te lo agradezco. Me parece sorprendente que puedas ver sensualidad en las sartenes colgadas, los condimentos, el detergente y los platos que aún no guardé porque no me alcanza el tiempo. Luego pienso que no debe sorprenderme. Sos un hombre con una imaginación estupenda. Pero creo que la rutina mata cualquier grado de sensualidad, ¿no te parece? Metódica siempre, a veces demasiado.

I: Se ve que tu interés por la casa es intermitente, sigue las dificultades de los días y los altibajos de los humores.

P: Supongo que eso no es una pregunta.

I: ¿Eres depresiva o eufórica?

P: Italo, creí que íbamos a conversar sobre libros y literatura. Prefiero que dejemos de lado mis patologías psiquiátricas, aunque creo que te quedás corto. Pensándolo mejor no me vendría nada mal una opinión de alguien que no me conoce, que ha leído mucho y que es capaz de inventar con magnificencia lo que no sabe. Te diría que me cuesta entender el corte de mi cerebro. Por momentos soy la persona más melancólica del mundo. Si pudiera viviría las horas del día en que estoy despierta bajo una banda sonora constante. Nunca es lo mismo el mundo cuando escuchás música y nada más. Todo se vuelve una película que no puede afectarte. ¿Probaste alguna vez escribir bajo el volumen elevado de esa canción que te gusta tanto? Por ejemplo, en este momento podríamos estar escuchando The Silence por Manchester Orchestra o la versión en vivo en el Royal Albert Hall del tema Chasing cars de Snow Patrol. La música portátil para mí fue el mejor invento después del lavarropa. ¿Ves? Un pensamiento depresivo o deprimente. Pensar en el lavarropa cuando estoy siendo entrevistada por Italo Calvino. ¿Podemos empezar ya con el tema de los libros?

I: Veamos los libros. Lo primero que se nota, al menos al mirar los que tienes más a la vista, es que la función de los libros para ti es la de la lectura inmediata, no la de instrumentos de estudio o de consulta ni la de elementos de una biblioteca dispuesta con arreglo a un orden.

P: Puede que sea así y puede que sea todo lo contrario. ¿Qué es la lectura inmediata sino la consulta del libro? Y leer un libro lleva tiempo, aunque la búsqueda se reduzca a encontrar ese pasaje que te vino a la mente porque estabas viajando en otro libro. Te diría que mis libros están en esas posiciones porque suelen abandonar los estantes muy seguidos para volver seguramente a un lugar que no habían ocupado antes. De ahí el caos de mi biblioteca.

I: A lo mejor alguna vez has intentado dar un apariencia de orden a tus estanterías, pero toda tentativa de clasificación ha sido rápidamente trastornada por aportaciones heterogéneas.

P: Generalmente los voy amoldando como si fueran ladrillos desiguales de una gran muro que está a punto de colapsar. Sin embargo siempre hay lugar para uno más. Mis estantes son dobles, detrás de cada ejemplar hay otro puesto cual espejo, aunque se parezcan solo por posición pues ningún libro es igual al otro nunca. Una vez tuve el coraje de ordenarlos por editorial pero aún así mi memoria sobre quién había editado a quién era y continúa siendo provisoria o secundaria, no hay espacio en este cerebro para recordar eso. Así que me costaba mucho encontrarlos. Nunca los ordené alfabéticamente.

I: (…) en cualquier caso, tú sabes siempre orientarte, dado que no son muchísimos (debes de haber dejado otras estanterías en otras casas, en otras fases de tu existencia), y que quizá no te ocurre a menudo tener que buscar un libro que ya hayas leído.

P: Dejé otros libros sí en otro país pero no en estanterías, los dejé guardados en cajas con bolsitas de pimienta negra y hojas de laurel. Alguien me había dicho que era una manera de ahuyentar a los bichos come libros. Cada tanto viajo y cada tanto me traigo alguno de esos huérfanos abandonados. Aunque no se extraña lo que no se recuerda, ya no me acuerdo a quién abandoné. Vuelvo sobre los libros que he leído muy seguido porque me gusta escribir sobre ellos. Dibujar estos mapas de lecturas que se generan, saltos de un escritor a otro, de una ciudad a otra, de una generación, estilo o género a otros.

I: (…) acaso cada libro se identifica para ti con la lectura que de él hiciste en determinado momento, de una vez para siempre. Y como custodias en la memoria, así te gusta conservar los libros en cuanto objetos, mantenerlos cerca de ti.

P: Los miro todo el tiempo como si fueran seres queridos, pero no puedo decir que custodio en la memoria mis lecturas, generalmente tiendo a borrarlo todo. Elegí cualquiera al azar, cualquiera (…) Alice Munroe, bien. Son cuentos, de eso me acuerdo. Algo así como historias de personas normales puertas adentro. Me acuerdo de ver cocinas, salas, autos llegando, ventanales. Sé que puedo asociarla con aquel otro, ¿ves? Sí ese, Raymond Carver. Hay algo de pequeños grandes mundos que explotan sin que los personajes se muevan del lugar. Pero si me preguntás de que trata alguno de los cuentos….Catedral es el único que recuerdo vagamente. La escena de él dibujando a ciegas me pareció fantástica. Tal vez sea una ventaja, eso de no recordar del todo lo que he leído. Cuando vuelvo a un libro que ya leí me doy cuenta que lo he guardado en el rincón del cerebro de las cosas queridas y que esperan todo el tiempo para ver la luz otra vez. Sí, los conservo cerca y visibles, y muchos me traen recuerdos de cuando los encontré y los leí. Como me pasa con la música, mis lecturas son mi tiempo. De cualquier experiencia agradable siempre algo queda reproduciéndose con las células. Es verdad que algunos eventos suelen apagarse porque nos dañan, pero un libro no puede dañarte a lo sumo solo hacerte perder el tiempo.

I: (…) en ese conjunto que no forma una biblioteca, se puede distinguir empero una parte muerta y durmiente, o sea el depósito de los volúmenes descartados, leídos y raramente releídos o bien que no has leído ni leerás pero que de todos modos conservas (y limpias), y una parte viva, o sea los libros que estás leyendo o tienes intención de leer o de los que te has apartado aún o que te gusta manejar, encontrártelos alrededor.

P: No me gusta llamarlos descartados, si así fuera ya no estarían conmigo. Digamos que son los menos queridos, aunque sin querer fueron a parar a ese lugar, recóndito y desatendido más que nada por una cuestión de espacio, que nunca alcanza. Luego está mi mesa de luz, la cómoda de mi cuarto, la mochila que llevo a mi trabajo, la valija del auto, los estantes de mi ropa, el escritorio junto a la computadora, todos esos son rincones diseminadores, diluyentes, disgregadores. No suelo poner floreros por la casa, aunque me gustan las flores, pero dejo libros por todos lados, siempre de a dos o tres, pequeñas paradas, como las que hace un ómnibus durante un viaje de muchas horas para estirar las piernas y la cabeza. Paso frente a ellos, los miro, intento recordar algo de lo que significan para mí, a veces no necesito abrirlos, alguna imagen aparece y a veces me retan, me provocan hasta que consiguen desviarme por un rato para releerlos.

I: Se ve que tienes la costumbre de leer varios libros al (mismo) tiempo, que eliges lecturas distintas para las distintas horas del día, para los diversos rincones de tu reducida morada…

P: Bueno no diría que noventa y cuatro metros cuadrados hacen a una reducida morada. Pensemos en Japón o en ciudades hiperpobladas. Pero es verdad que cuando empezás a leer y comprar más libros como una locomotora que arranca y que ya no va a parar en ninguna estación la morada se reduce y se reduce, semanalmente, mensualmente, depende del bolsillo. Y en relación a leer varios libros al mismo tiempo, eso depende de la época. Cuando estoy con mucha ansiedad y miro hacia el estante de los libros que esperan para ser leídos, me dan unas ganas de empezarlos a todos. A veces le pido a my husband que me diga un número del uno al treinta y tres por ejemplo, cuando son treinta y tres los libros que me esperan, y saco el que está ubicado justamente en el número que elije. Lo empiezo y luego no quiero dejarlo, así que no vuelve a su lugar, termina sobre el otro que comencé la semana pasada y que está en mi mesa de luz. Y así voy, salpicando. Es la alternancia entre la ansiedad, la falta de concentración y los niveles elevados de insatisfacción que suelo obligarme a experimentar. Pero los libros siempre me salvan.

I: ¿Bastaría esto para decir que quieres vivir varias vidas simultáneamente? ¿O que efectivamente las vives?

P: Estuve en el camino hacia el oeste de EEUU en los cincuenta con Kerouac y sus amigos. Ya no recuerdo la cantidad de cafés que tomé con Patti Smith desde 1969 en Nueva York, ni la las innumerables tumbas que visitamos juntas desde entonces. Por un tiempo viví en al apartamento del barrio Once con Bruno Gelber gracias a Leila Guerriero. He confabulado varias veces con John Berger. Sentí algo del temor, la tristeza y la hermandad durante las noches oscuras en el Parque Sarmiento junto a Camila Sosa Villada. Fui hasta una playa en Santa Teresa una noche de tormenta eléctrica y volví sin un hermano y con un dolor enorme, con Daniel Mella. Tuve todo un verano para despedirme de una madre ajena y de ojos verdes gracias a Tatiana Tibuleac. Y sigo, viviendo un poco la vida de todos los demás. Para eso están los libros, creo, para que podamos ser tantas y otras personas al mismo tiempo. Somos muchas personas al mismo tiempo. Algo así, Italo, algo así.

Quién sabe, ya!

Sí, esta soy yo.

Esta extraña y conocida sensación de que lo que vivo ni bien abro los ojos en la mañana es una clase de impostura, como si me hubieran ubicado en este lugar más o menos compatible con mis formas pero que no deja de ser el lugar de alguien más, tal vez de mí misma en un pasado no muy distante. Todo me resulta familiar pero no tanto, no como debería. Resulta incómodo y motivador. Las cosas no se modifican si estamos muy cómodas con ellas. Qué linda frase, aunque no funciona en este cuerpo, ni en esta cabecita dura.

Mi despertador suena a las seis y media de la mañana, pero hoy no fue necesario escucharlo, ya estaba con los ojos abiertos y el corazón apretado desde hacía horas. Un sueño miserable que yo misma me había obligado a soñar y que no podría dejar dormir a nadie, me había provocado una boca amarga. Niños heridos por todos lados, heridas que vi en carne viva y yo sin poder hacer nada. Morbo demente que tiene la psiquis para decirme con metáforas delincuentes y degeneradas que estoy hiperpreocupada o insegura, que siento temor por la muerte, frustraciones, imposibilidades, disgustos. Qué palabra retro, disgusto, en fin. ¿Era necesaria la construcción de ese escenario sanguinario y demencial? Pensando que todo lo que vendría por delante en ese día no sumaría nada bueno en el otro platillo de mi balanza. No debería levantarme así, debería continuar com los ojos cerrados, volver a dormirme y despertarme después. No los abras, no. Pero huelo la realidad como si tuviera hambre de ella, todavía la tengo. Tengo una curiosidad latente por lo que pueda suceder en las próximas horas. Al fin y al cabo el día tiene varias horas por delante. Me levanto…

Me baño, me visto, me calzo, me peino, me pongo perfume para el trabajo, me perfumo para mí. Pongo a calentar el agua en la caldera y es el único sonido que vive en ese momento dentro de mi casa. La caldera y la perra caminando sobre el piso flotante. Abro la heladera buscando el litro de leche o lo que quede de él, rogando que quede algo, no puedo desayunar café negro. Me preparo unas tostadas con manteca y me apronto el almuerzo para que viaje conmigo. Miro el celular mientras tomo el café. Repaso las redes sociales y en paralelo proyecto lo que el día podría regalarme. Por el momento nada original se me ocurre. La monotonía aniquila cualquier espíritu inconformado. Vuelven de vez en cuando las imágenes del sueño nefasto. Ya no me duelen tanto, ahora las veo como lo que son, como un sueño. Recuerdo que el libro que estoy leyendo es sobre la pérdida de un ser querido, entonces no me sorprende la metáfora onírica. Sí, la estoy alimentando y con buen material, muy bueno, gracias Joan Didion. Encaro el día, respiro el aire que es fresco y no es frío. En mi jardín todas las flores han nacido, recordándome que vale la pena tenerlo y el trabajo que le lleva a quien se encarga de él. Encaro esa parte social que ha sido desde siempre un problema para mí, el tránsito. Tengo ganas repentinamente de salirme del camino en la próxima bifurcación, desviarme, no llegar a donde se supone debo ir, perderme un rato. ¿A dónde iría? Al barrio de mi infancia. Andaría por las avenida de plátanos, por los jardines enormes, buscaría un lugar donde desayunar otra vez, siempre tengo lugar para un capuccino. Sacar un libro de la mochila, leer nuevo material que mejore la calidad de mis sueños. Perderme un rato en la vida de otros aunque sea ficticia. Después tocar el timbre en la casa de esa persona que hace mucho no veo. Suponer que va a estar en casa en horario de trabajo. Tomar unos mates, recordar tiempos pasados, el colegio, el liceo, los primeros años de facultad, mi primer trabajo, reírme hasta caer agotada. Subirme mucho más tarde al auto y volver a buscar un destino para nada inmediato, lleno de desvíos que no me lleven a ningún lugar en particular.

Pero no lo hago, nada de eso hago, sigo por el camino recto de la rutina sin bifurcaciones. No me cobro la falta de coraje. Pero me alivia que pueda vivir el viaje en mi mente, viajo a propósito para poder soñar más bonito por las noches y vivir más bonito durante el día. No desvío y encaro el día de tormenta pero tranquila, algo bueno puede suceder en cualquier momento, ahora mismo, quién sabe…ya.

Estaba pensando…

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¿En qué cosas pienso mientras lleno un vaso con el agua que sale por el filtro de la canilla?

Pienso que es un tiempo importante el que te lleva completar el vaso con el agua y que es bueno tomar agua porque te limpia el organismo, te hace liberar toxinas, ejercitar los riñones, la vejiga o la uretra. Pienso que no me gusta la palabra uretra. ¿Por qué las palabras sobre el cuerpo humano son feas? Juanete, hueco poplíteo, homóplato, oreja, genitorragia, edema, cefalea. No me gustan esas palabras. Tampoco me gustan las palabras que son casi impronunciables como procrastinar. Es difícil leerla, no así llevarla a cabo. Pienso en palabras que sí me gustan como abrojo, anis, Quito cuando es ciudad, luz, agua, agua marina, alondra, mandarina. Pienso que el agua que bebo o que estoy por beber es cristalina, esa sí es una palabra hermosa, cristal. Es una palabra que empieza apretándose toda, cris, y luego te suelta y te deja colgando de un péndulo que es la ele como si quisiera durar más de lo que ocupa en un renglón, cris-tallllll. Claro que hace rato el chorro de agua llenó el vaso y por eso busco algo más para continuar con mis pensamientos, como una jarra de litro. Mientras con una mano sostengo el recipiente, con la otra aprieto las hojas que contienen una entrevista a esta escritora que admiro mucho. Y no pongo el nombre de la mujer, para que cada uno complete con la autora que desee. Quiero escribir textos que sean universales, o sea que le lleguen a muchas personas, con entidades físico-pensantes de varias generaciones, géneros y gentilicios, que se sientan identificados al máximo, que vean en mis relatos la transparencia del agua que me estoy por beber. Esta última frase la voy a eliminar después, cuando baje el texto a tierra, porque es estúpida, o no, no lo sé, tal vez la deje porque es bueno develar un poco del proceso de escritura, te acerca más al lector. Otra bobada.

La escritora que admiro sugiere a las madres que quieran ponerse a escribir, que se consigan un tipo con dinero, así pueden dedicarse de lleno a la escritura. No lo dice así, pero lo sugiere y la tipa es feminista, y en cierto sentido veo su feminismo, que ya supera la primera reacción, la de la principiante, esa que diría, “no, mujer independiente que viva sola y se la banque”. Bueno, no es que el orgullo no requiera bálsamo y que la independencia monetaria no sea legítima, pero si hay dinero de por medio ¿qué importa si viene de tu pareja hombre o mujer, o sea del otro? Si al otro no le molesta y vos te podés encerrar a escribir todo el día y es lo que querés hacer, sin necesidad de llenar vasos con agua, ¿no estaría bien? Me pregunto si la economía me fuera así de favorable ¿podría escribir ficción? Quiero tener el tiempo para obligarme a convivir conmigo, dentro de una cuarto cerrado, con una computadora y nada más al alcance de la mano, ni del intelecto, esto es sin internet y sin canillas. Quiero aprender a convivir conmigo en amplios espacios temporales, como para enfermarme de oír mi propia voz diciendo disparates sin sentido y sin derecho a ser registrados, pero aún así escribirlos, para luego aplicarles el filtro de la tolerancia intelectual que he entrenado con los años de lectura, y con las lecturas de entrevistas, como la que sostengo en mi mano. Busco otro recipiente. Hay un bidón de cinco litros comprado en algún momento de temor provocado por la pandemia. Está medio vacío así que tendré como tres litros para seguir pensando. No se puede ser un artista maldito si trabajás en un call center, no pega. ¿Qué tiene que ver esto con el agua? No lo sé. Tal vez el bidón me dio la sensación de encierro y de ahí que recordara mi trabajo. Por ahí si trabajara cargando cajas de pescado congelado en el puerto, o condujera un ómnibus interdepartamental, o podara árboles para la intendencia municipal. Hay actividades remuneradas que no pierden su romanticismo a pesar de la rutina, de la incomodidad, de la deshumanización y otras que tienen todas esas desgracias, pero carecen del rojo de Tiziano, de la sangre hervida, de la profundidad, de la contemplación. Tener el mar cerca, tener el horizonte siempre a la vista, eso sí que es romántico en el pleno gris de la monotonía. En un call center te hierve el cerebro después de siete horas, pero el alma no explota, se achica. Entonces el agua te limpia, el cuerpo y el pensamiento. Vuelvo a la corriente líquida que sale de la canilla y al filtro que compramos hace tiempo, para no tomar agua químicamente socializada. Quisiera levantarme una mañana sin necesidad de salir corriendo, para cumplir un horario ajeno. Quisiera levantarme y mientras lleno la caldera con agua para aprontar café, mate y té, o los tres en uno, sentir la necesidad compulsiva de dejarlo todo, para encerrarme en mi cuarto privado sin internet y escribir compulsivamente.

No quiero ser escritora, quiero escribir. No quiero se escritora, quiero querer escribir todo el tiempo. Como una fisurada que es capaz de encarar los cuatro grados de sensación térmica a las diez de la noche, sola, solamente y sobre todo, porque precisa un cigarro, lo único que está abierto es la estación de servicio a diez cuadras, y no tiene auto. Quiero congelarme, mirando las estrellas frente a mi computadora. Ver mi aliento condensarse en el aire mientras camino por el texto, quiero dejar de sentir mis manos por el frío del teclado, quiero avanzar por la calle sin pavimento con cada renglón que supero, quiero llegar a la estación de servicio y pasar de hoja, prender el cigarro y completar los últimos párrafos, darle una pitada larga y hacer un control + G.

Largar lentamente el humo en la noche negra, mientras cierro el archivo.

Mientras cierro la canilla.

En eso estaba pensando.

Finalmente, gracias Murakami

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Dentro de algunos días se cumple un año de esta relación inestable y poco productiva que ha sido el blog de Paratextos. Por suerte los motivos de tanta ausencia han sido variados. El taller presencial que el año pasado coordiné cada quince días y al que le dediqué cada lectura, ocurrencia y minuto libre que tuviera. Luego mis versiones de madre y ama de casa o auxiliar administrativa en un trabajo económicamente remunerado, hicieron fuerza para retenerme o secuestrarme, depende del punto de vista con que se aprecien.

Empecé este blog Murakami, porque vos me inspiraste y no fue justamente con tu ficción. No volvamos a lo mismo, ya sabés de qué te hablo cuando te hablo de esto. Esa vez me sentí una de esas servilletas chinas que vienen deshidratadas y compactas y que cuando las colocás sobre un colchoncito de agua explotan en todas sus dimensiones. Así fue leerte, el problema es que las servilletas no duran mucho y mi relación contigo fue disminuyendo por culpa de otr@s. Por favor no me pidas perdón. Así son los amores en el arte.

He notado que con los años puedo aburrirme más rápido que antes. Debe ser una especie de regresión a la eterna e inconformada adolescencia. Debe ser eso seguro porque también añoro ciertas libertades que no tengo. Yo la rebelde, siempre escribiendo en primera persona, la gente se cansa de eso. Fijate que no fue hace mucho que agradecí tener en mis manos un libro de pura ficción, fue un regalo que me hizo Mónica Ojeda con su novela Mandíbula. Una demencia oscura y malvada, llena de instintos y bajezas humanas formidables. FICCIÓN. Necesitaba un balde de agua bien fría, congelar por un rato tanta hormona, tanta declaración, tanto vómito personal (y qué estoy haciendo yo ahora, si no eso?). Pero confieso que no duró mucho esta relación amorosa con la mentira, nuevamente entré en mundos desconocidos pero reales, con Leila Guerriero, Milena Busquets, Amalia Andrade, en fin. Libros que me comieron en dos panes. No me voy a hacer la dura y fría que lee textos biográficos o crónicas porque quiero alimentar el intelecto y conocer a su autor, no dejan de ser historias humanas todas, llenas de personajes, diálogos, acciones, espacios y tiempos con los que deseo en cada página empatizar, aunque no pueda catalogarlas como ficción cien por ciento.

Empezó el 2020 hace ya dos meses y sentí la necesidad de ampliar horizontes, jurar nuevas promesas con la escritura y en eso ando. Paratextos continúa al firme, matrimonio tímidamente productivo pero con buena base, encuentros para pensar y escribir que por ahora alimento en esta maravillosa red social Instagram (@paratextos.uy). Tampoco creas Murakami que este giro me aleja definitivamente de vos. Es increíble lo mucho que te mencionan los autores que leo. Pienso en vos y pienso en Droopy. Solo quería despedirme con altura, decirte que ya no aparecerás en los títulos tan creativos de cada texto subido a este blog y que siento que se parecen un poco aunque vos y yo sabemos que nada tienen que ver uno con otro. Gracias Murakami por un año de alegrías. Espero que nuestra correspondencia unidireccional no se pierda del todo.

Gracias Murakami

Hola Murakami,

mi blog como camino paralelo a la vida misma ha sufrido una pausa vergonzosa pero necesaria. Otras escrituras se me impusieron en el camino, ninguna tan poética o libre. Y aunque te tenía presente no encontraba el pequeño impulso para volver a escribirte. Resulta que nuevamente debo darte las gracias por ser motivador. He cambiado mi estado del punto muerto a primera, porque tus libros le llegaron a en algún momento a Patti Smith y porque la leo en M train y admiro su admiración por ti. No he leído tus libros que tanto la fascinan pero si pudiera multiplicarme los leería todos. Tomar café como hace cada día sentada en esa mesa tan suya y llevarte consigo para abrirte en la página que el azar le proponga. Ejercicio envidiable por lo simple y original, y sobre todo por el tiempo dispuesto a entregarse entero a ese deber. Cómo no volvería a leerte, cómo no volver a leerla. En sus letras me he encontrado tantas veces. Saber que elige a César Aira para su lista de los grandes libros que ha leído en su vida, espejo de mi alma. Que disfruta de las series policiales sin mucho filtro porque desde NCSI hasta Forbrydelsen hay abismos pero ella los transita todos con comodidad. Espejo de mi ocio. Un juicio bajo y dejarse llevar simplemente porque a veces es más fácil vivir así que multiplicando críticas a todo lo que vemos o decimos o dicen. Eso sí que es perder el tiempo. Y sobre el tiempo me puse a pensar….

«Mientras espero el comienzo de lo programado que apenas parece tener ganas de suceder, tomo mate sentada frente a una estufa de invierno trabajando para darme calor, escuchando a Lady Gaga cantando Edith Piaf. Y porque tengo este momento tan deseado de paz y tranquilidad no puedo dejar de escribir percepciones, sensaciones y respiraciones. Ya son las 18:15 y nadie ha aparecido aún. Será que el tiempo no es más que un cúmulo de ansiedades. El tiempo solo es cuando alguien lo piensa. De qué otra manera existe sino en las acciones mismas de la vida y nada más. Que el tiempo también está en un reloj? Pero si el reloj no es más que agujas en movimiento! El tiempo es el corazón y la sangre marchando, el fuego consumiendo leña, youtube imponiéndome publicidad entre tema y tema. El tiempo es lo que sucede en él, contenidos y formas. No pasa volando ni puede perderse. Habrá que hacer como Patti Smith, valorar la intensidad con la que vivimos hasta los episodios menos trascendentales de la vida. Hacer cosas más pequeñas, minúsculas, lentas, precarias porque a veces en esas pequeñas acciones está la inmensidad. Demasiada filosofía para quien espera a que empiece un taller de escritura? El tiempo es la dimensión paraguas que nos hemos creado para sentir que algo más dominamos del azar. Pero no es real y además pretencioso intentar llenar el bollón de vidrio templado con la etiqueta «tiempo» de plenas virtudes y fascinantes experiencias. Cuando somos felices y enteros, cuando estamos satisfechos, cuando la contemplación nos consume en paz, cuando dibujamos, escuchamos melodías, escribimos, caminamos, cocinamos, cuando sufrimos en profundidad, cuando vivimos con la conciencia plena en lo que hacemos, quién tiene tiempo para pensar en el tiempo? Nadie recuerda que hay minutos, horas, días, meses, años. Vivir de verdad no es una experiencia cuantificable, sus dimensiones son mucho más blandas, cálidas, deliciosas y amargas que el tiempo. Hay un tiempo para todo….otra frase sin sentido. Qué quiere decir esto, que las cosas solo deben suceder en un momento determinado? Que debo tener paciencia y saber esperar? No será que lo mejor es mover la ansiedad hacia otras cosas que nos dejen avanzar? Moverse, cambiar la ventana por la que miramos, enfocar otros objetivos…seguir. «No es tan fácil escribir sobre nada» le dijo un cowboy en sueños a Patti Smith, no es tan fácil vivir nada que queramos vivir en serio…..

Pausa, respiro, alguien aparece por el ventanal, fin de la reflexión pero otras vendrán más tarde. La música sigue sonando como banda sonora. Apoyo la lapicera sobre M Train.»

Gracias Murakami

Querido Murakami,

hoy te escribo desde el domingo soleado de mi casa en las afueras de la ciudad donde trabajo. Hoy no hace frío y anoche dormimos una cantidad de horas considerables, eso me tiene de buen humor a pesar de lo gritos constantes de los dos salvajes. Hoy huele a casa, a costumbre, a familia dominguera haciendo la previa para los ñoquis. Hoy huelo a cliché, un cómodo y hermoso cliché. Y para variar, porque para escribir no puedo quedarme en la comodidad, mi cerebro buscó algún recuerdo incómodo. Como si fuera un puente en el tiempo, el olor a la salsa de tomate caliente me llevó a un albergue del microcentro de Buenos Aires hace más de diez años. Eduardo se llamaba el dueño de la casa de estudiantes. Nos vendió la habitación con toda la pasión de un comerciante: «en esta cama mi novia y yo cogimos un montón”. La necesidad de un buen precio apagó el asco que sentimos en aquel momento con Ariel. Yo estudiaba Crítica del Arte en el IUNA y él, Arteterapia en el mismo instituto. Gracias a unos ahorros no precisábamos trabajar, así que teníamos la comodidad de poder aprovechar al máximo la ciudad, aunque comíamos muy seguido en Ugi’s y el pan relleno de San Telmo para ahorrar. En cuatro meses cambiamos de casa como de mantel para comer y en cada nuevo hogar visitamos al super de los chinos y a sus productos leaderprice. Tuvimos problemas para conseguir monedas. Era enfrentar el reto diario o caminar 30 cuadras hasta el instituto. Los quioscos no te hacían cambio, lo chinos menos. Nos buscamos todos los cursos gratuitos que se ofrecían. Cursamos, nos culturizamos, absorbimos como esponjas las novedades de Buenos Aires, pero terminamos agotados de tanta información, exhaustos de arrastrar valijas eternas. Eterna yo que me había llevado casi toda la vida en esas maletas inamovibles. También nos hicimos vecinos de Monserrat y La Boca y los domingos mientras explotaba la bombonera nosotros comíamos facturas sentados en el banco de una plaza frente al loft reciclado de alguno, que no había puesto cortinas. Siempre fascinados por los detalles del diseño, del arte, del color, de las opciones. Pero no eran nuestras opciones, ya eran de alguien más y el tiempo se diluía, sentía que lo estaba perdiendo, algo no encajaba en los límites de nuestra psiquis o de nuestros cuerpos, siempre andábamos fluctuando como ajenos. Tal vez no le dimos el tiempo suficiente pero no pudimos o no supimos apropiarnos de la ciudad. Buenos Aires no nos pertenecía. Ciudad invencible, ¿verdad Fernanda? Me dejé asustar. Yo, sobre todo, soy muy asustadiza. No sé si fue el anonimato de la ciudad gigante, la violencia de la multitud, el desarraigo. Si fue el vértigo ridículo de estar tan cerca de mi país y al mismo tiempo tan lejos. Creo que si hubiera sido Adelaide en Australia no hubiera sentido tanta contradicción. Como si el imán de mi ciudad tirara con más fuerza estando más cerca. Y tal vez sean todas excusas estúpidas. Era miedo y listo. Miedo a que la ciudad me tragara.

Me hubiera gustado ser más arrojada. No haber cedido. Nadar en la piscina sin pensar tanto. Quedarme, resistir, cruzar las fronteras de lo extranjero, adueñarme, ser de Buenos Aires. Ahora vuelvo a pensarlo, ¿podría tirarme al agua otra vez? Renunciar a mi trabajo, gastar mis ahorros buscando qué hacer con mi vida. ¿Y es que tengo que hacer algo? ¿Por qué nacemos con ese chip de la trascendencia tan activado?

Podría, quisiera, lo haría, estoy en un punto en que lo haría, si no tuviera hijos. Volvería a armar, pero esta vez, una mochila. No es de romántica, es de pura practicidad, lo poco siempre es más fácil, de ordenar, de recordar, de limpiar, de arrastrar, de verificar en las aduanas, de compactar para que no despachar. No le echo la culpa a la maternidad, como no debería echarle la culpa a Buenos Aires, pero es que son tan inmensas y oscuras, fascinantes y abrumadoras, planas y precipitadas. Fueron y serán nudos para siempre en esta línea cronológica que soy. Algo se quedó en Buenos Aires, algo se ha quedado en mi yo mamá. Pienso que será recuperable o reciclable. Que todo debemos usarlo para el auto provecho. Que llegará un día en el pueda volver a ese estado anterior, en tránsito, con raíces móviles, con alas de verdad.

Mi temor, que eso sea posible cuando ya sea una arruga, un objeto mujer curtido por las horas de la rutina, despotricando contra las veredas, los vecinos, los perros, dependiendo de dos que fueron mis niños pero que serán padres responsables y ocupados, sin tiempo para dedicarme, pero con culpa. Esta es la versión más trágica y común de la maternidad, otro cliché pero muy incómodo. Hay quienes me dirán, nos dirán, nos gritarán, que tener hijos es la experiencia más increíble del mundo y de hecho lo es, pero aún así tiene un precio muy alto y con cada día que vivo y que me acerco más al reuma, el reflujo crónico y los estudios neuropsicológicos por deterioro cognitivo, me cuestiono si mi crédito bancario aguantará tanta deuda. ¿Me alcanzarán los ahorros? Un consuelo: Buenos Aires sigue en el mismo lugar, a la misma distancia por Colonia o Montevideo, el pan relleno se sigue vendiendo, la pizza barata nunca se va a acabar y es probable que su arte siga reproduciéndose a una velocidad que nunca voy a poder consumir en su totalidad. Tal vez no sea necesario esperar mucho tiempo, tal vez no sea necesaria la mochila, tal vez solo es necesario cruzar.

Gracias Murakami

Murakami,

no sé por qué el otro día me acordé que había un libro sobre arte que me había gustado mucho. Se llama El retrato y es de los Francastel. Son dos, no investigué sobre su relación, si hermanos, pareja, vecinos o amigos con mismo apellido, puede ser o no? De lo que sí me acordé es sobre la explicación que dan del nacimiento de la pintura de caballete. Cuando la pintura se despega de los muros de las catedrales góticas, por necesidad y no por voluntad, y se vuelca sobre los retablos. Bueno, eso me llevó a su vez a otro asunto sobre la pérdida de los límites del cuadro en el arte moderno. Los límites del «marco» ya no existen. Eso está en algún lugar del libro del crítico de arte argentino Jorge López Anaya que se murió hace unos años. Bueno el libro se llama justamente El extravío de los límites.  Y dentro de este libro encontré una idea que me gustó de Joseph Beuys (un artista alemán del siglo XX). Para este hombre la obra de arte reside en la transformación de la conciencia del espectador y no en el objeto en sí. El arte es un medio para una transformación y no un fin en sí mismo, esto lo agrego yo, pero no aporto nada nuevo. ¿Paráfrasis? Bueno, Anaya habla de ideas como la muerte del cuadro, la anulación del plano. Lo escribió hace ya 11 años así que estaría bueno saber qué cosas nuevas se han escrito sobre esto. Me puse a buscar libros sobre arte contemporáneo escritos más recientemente y encuentro este de Angela Vettese (Madrid 2012) y en la introducción del libro, en el renglón número 6 aparece citado Beuys. Gran círculo la vida y toda la existencia. Somos esferas o ruedas o qué se yo. Pero si pudiéramos andar mucho más rápido por el mundo acabaríamos viendo nuestra propia nuca.

Gracias Murakami

A veces me dan ganas de agarrar todo lo que pueda llevarme e irme a la mierda. Podría ser Portugal. Podría ser cualquier país, si solo no tuviéramos niños….niños con piojos además y mocos y fiebre y un acelere extramundo, adimensional. No sé si esa palabra existe a+dimensional. Amo a mis hijos Murakami. ¿Vos no tenés niños no? Son hermosos, una extensión real y magnífica de uno mismo. Y no son uno mismo, siempre son algo inmensamente más.

Gracias Murakami

Hola Murakami,

en algún otro texto donde me dedico a charlar contigo te contaba que el impulso de haberte leído por primera vez se estaba debilitando así que el otro día me fui a una librería y me compré otro libro tuyo que se llama De qué hablo cuando hablo de correr. No sé cuándo podré leerlo, antes tengo otro pendientes pero seguro que nos vamos a encontrar nuevamente. Leí por ahí que ahora pasás música en una emisora y que sos conductor de radio. Pensaba de vos que eras más reservado y tímido, que no te gustaba tanto exponerte. Me alegra ver que cruzás tus propias fronteras. Yo quisiera hacer lo mismo aunque no sé cómo superar mis dos grandes barreras: la exigencia máxima y la incapacidad de disfrutar.  Me ilusionan dos cosas, lo que es nuevo y la pasión del otro. Pero lo que es nuevo deja de serlo en poco tiempo y después, ¿depender del otro? Cuando alguien me cuenta de su proyecto parezco un bombero, suena la alarma, abran paso, acá vengo yo con camión y sirenas y lo que haga falta. Sumarme nunca sumarlos. ¿Pero qué pasa con mis ideas, con mis intensiones? En ese sentido mi existencia es negada o terca, habrá que analizar.

Estoy viendo un pequeño documental sobre una pareja de artistas plásticos que trabajan con el bordado…sus trabajos son impresionantes. Tenés que verlos a los dos sentados bordando, comparten una pasión tan agarrada al corazón y al alma que difícilmente pueden dedicarse a otra cosa, pienso. Eso es lo que más me gustaría, lo que más necesito que me pase, el gran impulso, la gran pasión, respirar eso todo el tiempo porque si no respirás no vivís. Chiachi & Giannone. Trabajan sobre una mesa enorme en un taller precioso. La mesa está tapada por un tapiz gigante donde pueden verse retratos de ellos dos y sus mascotas y para este trabajo están usando cuatrocientos colores y diferentes hilos para bordar y diferentes puntos. Arte. Cuando se practica una pasión no puede acabar sino en arte. Lo digo tal vez al pasar, tal vez si lo pensara más, para esta regla habrían excepciones. Ahora que repaso tengo una pasión sí, comprar libros, perdón, debería decir leer libros. Pero sucede que a veces compro más de lo que puedo leer así que tengo en casa detrás de una puerta una pequeña biblioteca de los nunca leídos. Entre ellos, vos. Con cada libro nuevo que leo crezco como persona y alimento mi alma y mi espíritu se expande y bla bla bla pero en el mundo material y visible y tangible y duro, no veo mi arte, no veo nada nuevo, no veo resultados. Y a quién no le gustan los resultados. Materialistas, claro que sí. Tener muchas ideas pero no poder amarlas tanto como para no abandonarlas. Rumiarlas el tiempo necesario pero luego pasar a la acción, al bordado. La fábrica está parada, la maquinaria oxidada, tengo los motores secos. A dónde te fuiste ficción? No estoy todo el día cumpliendo con mis obligaciones esperando poder llegar a casa para escribirte, pintarte, diseñarte, cocinarte, materializarte. Te abandono en algún rincón de la fábrica cerrada y ahí te quedarás por el tiempo que precises. Me consuela saber que mismo en la penumbra hay plantas que crecen fuertes. Será cuestión de esperar regarte con más lecturas.

Presiento, la hoja que está por venir,

es blanca y sueño,

no habrá barreras que me impidan mancharla.