
Seguro esto le sucede a muchas personas que les gusta escribir y que se generan espacios virtuales en plataformas y redes sociales para publicarse. Arrancan con todo pero al tiempo se dan cuenta que no pueden acompañar el ritmo movidito de la novedad y ahí queda todo quieto e inmutable, como se queda la casa de la playa cuando te ve partir al final de la temporada. Los postigones cerrados, la heladera vacía y desenchufada, el galpón de las bicicletas sin bicicletas pero con tres candados, la válvula del gas apuntando para abajo, el tiempo suspendido, el aire inmóvil esperando a que vuelvas. Y yo vuelvo, al blog o a ver los posteos en mi muro y me aburro o me da pena, no me distingo. Ahí está todo tal cual lo dejé la otra vez, solo que ya no recuerdo cuándo fue. ¿Dónde estuve todo este tiempo?
No puedo echarle la culpa al trabajo (remunerado) porque no tengo. A la maternidad ya la golpeé bastante en otras columnas que no he publicado aún. Alguna dolencia física. Pero si vivo enferma, con este cuerpo de mierda que tengo, que entra y sale de diferentes diagnósticos con frecuencia semanal. Ya estoy acostumbrada a estar jodida de algo. Me paseo por la casa haciendo cosas útiles pero ninguna para la escritura. Cómo es posible que la grasa acumulada detrás de la cocina me tiente más que sentarme a escribir en mi cuarto con la ventana abierta, una vista postal, música de Spotify con interrupciones porque no tengo plata para el premium (nota al pie que corté y pegué acá arriba porque esto no es la academia: estoy escuchando la lista de reproducción Impulso Creativo, bases suaves para inspirarte mientras trabajas, una cagada), ¡pero música al fin! Sigo nadando en el misterioso mundo de este cerebro sin respuestas. ¿Alguien puede decirme de dónde saco tanta energía para evadirme? No, nadie puede, porque esto es un texto y estoy sola mientras lo escribo. Tal vez obtenga algunos comentarios después de publicar esto en las redes. Eso tampoco va a suceder, porque no aprendiste todavía que la gente está podrida de leer yoísmos. Quieren saber de otras cosas a través de tus ojos pero no de vos. No tengo más preguntas. Sigamos.
Cuestión que mi producción textual es muy irregular. Tengo un montón de archivos guardados con unos inicios apimentados pero que mueren en los primeros párrafos cuando no renglones. Y son todos de ficción. O no, pero alcanza con cambiar la primera persona por la tercera y cierra todo. Más o menos, ¿no? Como no conseguía renovar mi stock de publicaciones en el blog – que es donde más me preocupa estar – implementé una maniobra para boicotearme la procrastinación. Subí una historia de Instagram que declaraba que la próxima columna de Paratextos se llamaría Yoya Mismo y que en breve estaría publicada en el blog. Cómo llegué al título es lo de menos y de qué iba la entrada, ni idea. Pero me ordené tarea en vivo, algo muy interesante de hacer porque es como ponerte un deadline. Transformar al poco público que me sigue en director creativo o jefe de edición, que espera para las próximas horas el texto completo, resuelto, pulido y publicable. Al menos eso compró mi cerebro. Importa agregar que el boicot lo hice mientras perdía tiempo en Instagram probando filtros para selfies. Me da vergüenza confesarlo. Soy dueña de la grasa de la cocina y de las selfies de Instagram que casi nunca subo. Más vergüenza. Después que publiqué la historia me di cuenta que en ese momento ya no había lugar a postergados. Largué el celular como se debe y abrí el cuadernito de tapa dura prolijo que me compré, también para tentar la escritura. Escribí el título de la columna y paré en seco. Porque aquí viene un asunto de suma importancia. Qué rica esta baguette calentita ¿con qué la vas a rellenar? La metáfora de la comida me sirve porque, al menos en mi caso, si no es con la panza llena no puedo escribir. Dejo el cuadernito y me voy a la cocina. Me digo que cinco minutos más de procrastinación no le hacen mal a nadie. Me preparo un refuerzo con jamón y queso de untar. Me lo como parada mirando la nada, saboreando. Pensando en la columna dirán ustedes. Ingenuas, ingenuos.
Para escribir hay que bancarse a una misma, hay que escuchar la voz interior que nos habla. Eso es escribir, escuchar lo que tenemos para decirnos, juzgarnos, resumirnos, ajustarnos, pulirnos, editarnos. Borrarnos cuando todos los pasos anteriores no obtuvieron buenos resultados. Y volver a empezar. O tal vez, dejar el archivo saved con dos renglones o con apenas un título como Yoya Mismo. Calma, no fue el caso. Después del sandwich me tomé un vaso de agua y volví al sofá. Cuadernito en mano. Si el título es este, no podré escribir si no es de myself right now. El inglés tiene un perfume neutro que me puede. También hay que saber bancarse a una misma incluso en el peor de los días. Y que sea el peor no significa que hayan sucedido cosas indecentes, imperdonables, o incómodas, simplemente es el peor porque no ha sucedido nada. Nada que merezca grabarse en el papel. Difícil que una corra a cobijarse en la escritura si no tiene nada de qué cobijarse, si no mastica algo que pueda escupir después (nota de la escritora para la escritora: esta frase la voy a borrar porque es una cochinada, escupir. O no, mejor la dejo porque ya advertí que es una cochinada y develar los procesos de construcción literaria dignifica). Entonces, en ese letargo llano y lisito de unos días en los que no sucede nada, no hay motivos para escribir. ¿Y la ficción, querida?
No seamos ingenuas. La ficción nace de la realidad que habitamos y punto. Y que nadie piense en la ciencia ficción porque no tengo ganas de discutir acá teorías literarias, pero para resumir el asuntillo les digo que: toda construcción artística parte de una realidad con la que estamos desconformes y por ese motivo creamos un objeto – llámese obra – que viene a ocupar un lugar en el mundo y transformar el paisaje de nuestra vida, pero no a colmar por completo la angustia que esta nos produce, pues entonces, si la obra cumpliera con dicho propósito o pretensión a la perfección, esto es, dejarnos chochos, dejaría de haber arte. El arte moriría, y con el arte moriríamos todos.
Un segundo que necesito respirar y volver a leer esto último que escupí.
Producto de un arrebato pero no lo pienso borrar, apenas cambié una palabra por otra. Además de bancarse a una misma para escribir es necesario hacerse responsable de lo que se dice. Si alguien llega a tener una idea que refuta con violencia lo que acabo de declarar enfáticamente y me va a dejar como una idiota en las redes, le pido que se contacte primero conmigo y lleguemos a un acuerdo. No tengo dinero, pero con un antigrasa y una esponjita aluminio te dejo la cocina a lo Tiffany & Co.
Volviendo y para ir cerrando toda esta paraphernalia. No voy a rematar esta columna diciendo: uh no lo puedo creer, sin querer al final tenía relleno para la baguette, mirá qué natural me salió todo. Claro, la columna iba de hablar sobre escribir una columna. Que metaescritora que sos nena. Aplausos. Aplausos. No. Lo hice de profeso y porque aunque sea un lugar común esto de escribir sobre los procesos de escribir, me gusta, me fascina, creer que estoy descubriendo el universo literario por completo con una simple luz. Se puede ser tan naif, sí. Se puede ser tan común, sí. Es necesario y es suficiente para ser feliz. otra regla fundamental de escribir, aceptar que lo que escribo está bien, flaca, está bien. Si a alguien no le gusta, el mundo alcanza para todos.
Bueno entonces nada, que no cierro esta columna de esa manera porque la verdad es que hace más de un mes que estoy con este texto. Ha mutado de formas muy extrañas e incontables. Tengo varias versiones de este mismo texto porque ha sido de todo antes de ser lo que leen. Yoya Mismo fue el retrato escrito de una adolescente con apatía, el monólogo de una conductora de televisión defenestrada por la prensa, la historia de una hija de desaparecidos que aun no sabe que lo es pero que empieza a sospechar, o la sinopsis de una historia que incluía un pueblo nordestino, dos agentes de la guardia federal, un chico prostituido y la venta ilegal de maconha. El personaje femenino es la hija del guardia y es quien narra la historia. Seguro que eso les hubiera entretenido más ¿verdad? Bueno, acá voy otra vez, boicot . Nueva columna de Paratextos en breve: Maconha Nordestina, un relato u otra cosa que voy a escribir en algún momento y que les haré llegar por medio de mi blog.








