estaba pensando, y con el caos ¿qué hacemos? Lo traspasamos lo recorremos con calma mirándole cada rincón cada curva violenta de sus movimientos, lo respiramos con tranquilidad tratamos de no tocarlo demasiado. Eso debemos hacer y para poder hacerlo es necesario sostener en el horizonte la meta final. No como algo que deba ser alcanzado sino como algo hacia donde se deba avanzar.
Como si fueran las páginas matinales, pero no lo son, porque ahora no estoy en el trance entre dormir y estar despierta, estoy cursando el trance entre estar despierta y dormirme. Parecen la misma cosa pero no… Son casi las diez de la noche y estoy aún en el trabajo, escribiendo casi sin filtros. Hoy Murakami no puedo hablar de vos, sigo colgada con Clarice. ¿Sabés que la escuché en una entrevista? Creo que la última que le hicieron antes de morir. Era el año 1977. ¿Podrás creer? El año en que yo nací. ¿Será que eso es una señal? Ella murió en diciembre y yo nací en marzo o sea que me pasé prácticamente el primer año de mi vida conviviendo con ella en este mundo y no me enteré. Si lo hubiera sabido qué teta ni teta….todo por quince minutos viéndola escribir volcada sobre su máquina. En esta entrevista decía que el mejor horario para escribir era la mañana. Cuando le preguntaron a qué hora se levantaba – si es que se lo preguntaron – ella dijo que a las cinco ya estaba en pie. Fumaba, tomaba café, miraba por la ventana. Se tomaba su tiempo para inspirarse con el mundo. Y después a lo largo del día iba anotando ideas y frases que le venían a la cabeza por cualquier rincón. Supongo que las usaría o simplemente las guardaría en un cajón. No había leído aún a Clarice y con todo esto boicoteo mi idea de que para leer narrativa es mejor no saber nada de quien escribe. Abrir el libro con un pacto ficcional 100% libre de autor. No pude mantener mis principios. La curiosidad me mató y ahí la encontré sentada en un sofá individual con sus cigarros siempre prendidos respondiendo preguntas de un entrevistador de voz grave que no apareció en escena. Y ella de pocas palabras, hoy estoy cansada dijo, por eso estoy triste. Contestaba con lo mínimo. Pienso que detrás de cada mínima respuesta que daba había un gran alboroto en su interior. La veía tan estoica, tan alta, elegante, tan firme, tenía la mirada de alguien segura de sí misma o resignada. Y por dentro tengo la idea de que era una mujer que dudaba de todo…o bueno al menos me gustaría que así fuera para sentir una humilde conexión, aspirar un poco de su aire ya respirado, tocarle un talón literario o acariciar la huella que dejaron sus páginas en la arena, en el banco, en mi balcón. Solo esa proximidad solo esa hermandad. Las turbulencias del alma ya las tengo. Por Dios!!! Preciso la compulsión sin filtro. Participo de talleres para sentir en movimiento un motor que no está viejo pero apagado, que no está del todo perdido solo algo aturdido. Debería buscar más adentro de mí y no tanto en las consignas ajenas. Que son maravillosas, pero debería, debería, debería…Me canso Murakami, hoy estoy muy cansada. Matías cumple 4 años y apenas hemos pasado una mañana juntos, estuve medio atormentada por la desprolijidad de la niñez. Por el caos de una hipermaternidad ¿Cuántas páginas decías vos que escribías por día? ¿Diez? Supongo que cuando hay una meta y una idea trazada es más fácil. Y el tiempo? Qué hay del tiempo? Hay que buscar tiempo para escribir?
te escribo porque leí tu libro De qué hablamos cuando hablamos de escribir y fue como un montón de salvia y aloe vera sobre la quemadura pos bajada a la playa al mediodía y sin sombrilla. Respiro y escribo. Vos no me conocés pero te cuento que vivo en el cono sur, exactamente bajo el agujero en la capa de ozono y soy tan blanca como azul. Tal vez lo que más me ha tocado de cerca sobre tu libro es el leve ritual de tu escritura. Pues parece que no lo hay salvo el por el simple hecho de sentarse y escribir. No huelo un ambiente literario, no te veo rodeado de libros como Karl Ove junto a ceniceros interminables. No te imagino tomando café compulsivamente, ni mirando por una ventana cuando llueve. No te veo sufriendo la escritura. Ahí estás, en el living de tu casa, agotado de cansancio por un día largo de trabajo en tu bar y todo el deseo o la necesidad de escupir las historias que se vienen a tu cabeza.
¿Dónde es mejor escribir? ¿Cuándo es mejor? ¿Hay que esperar por un impulso o impulsarnos con prepotencia, con rigor, con rutina? ¿Tengo que sangrar para escribir o escribir cuando sangre?
Años atrás, muchos, cuando todavía había un piano en la casa donde habitaba y estaba con el espíritu pinchado me sentaba a tocar lo primero que me viniera al oído o a los dedos, nunca lo tuve muy claro. Llegué a componer cosas, de testigo mi vieja, preguntale, te va a decir que eran hermosas obras maestras, pero es mi madre y es maestra. La melancolía me ponía creativa musicalmente pero con la escritura no puedo estar de plafón bajo, preciso distanciarme de la vivencia cercana y latente. La furia y el enojo me motivan un poco más. La necesidad de salirme de la rutina, ni te digo…fuente de todo deseo por trascender. Pero nada me asegura que el resultado esté tan alejado del motor que lo impulsa. ¿Acaso este texto no es un poco plafón?
¿Cuándo llegará el piano que está en Chile y que ya es mío hace años aunque no lo pueda tocar?
Es todos los días que pueda o cuando el impulso y la necesidad le ganen a la rutina. Tener un blog o no tenerlo, ya no es una cuestión. Ahora es un hecho. Que seas un camino paralelo y de dimensiones gratificantes para mí y para tod@s l@s que quieran leer. Gracias.